OMEGA , Kiki Morente y Lagartija Nick 30º Aniversario
Diciembre de 1996. Nació un disco; se abrió una grieta. Di Lo que los guardianes de la pureza recibieron con incomprensión y rechazo, el tiempo lo ha consagrado como obra fundamental de la música española. Omega abrió una puerta que ya no se ha vuelto a cerrar. Lo que ayer fue ruido, hoy es canon. Cuatro fuerzas colisionan en el epicentro de este terremoto: el genio inquieto de Enrique Morente, el rugido de Lagartija Nick, la poética herida de Lorca, la liturgia emocional de Leonard Cohen Hoy, las cifras se alinean en una conjunción casi profética: treinta años de Omega, noventa años de la ausencia de Lorca, diez años del silencio de Cohen. Como astros regresando a su conjunción original, esta efeméride nos recuerda que las obras maestras no habitan en el calendario, sino en un pulso que atraviesa los siglos.. Fue un acto de libertad casi suicida. Un diálogo salvaje entre el metal y el quejío, impulsado por una fe imprudente en el abismo. Sus creadores, piratas de la ortodoxia, zarparon sin mapas, guiados por una brújula mística que señalaba el destino, pero jamás el camino. Pudieron haber naufragado en la irrelevancia… pero desembarcaron en la eternidad. De naturaleza intempestiva, Omega suena fuera de época, de atemporalidad radical. No pertenece a un estilo ni a una generación sino que permanece como una corriente subterránea que emerge cada vez que alguien entiende la música como territorio sin fronteras. Este homenaje no busca reproducir Omega, sino navegar como Morente. No persigue el eco, sino el incendio. No imita la obra: reactiva el peligro. En escena, Lagartija Nick, custodios del estallido original, se entrelazan con la voz de Kiki Morente. Él no convoca el legado como recuerdo, sino como llama viva, una continuidad que respira desde su propio tiempo. Vuelve la aventura. Vuelve el riesgo. Vuelve la música concebida como Morente, un acto total, donde el sonido, la palabra y el gesto forman un todo hiere y sana. Enrique Morente sigue aquí, su voz nos empuja, una vez más, al borde del abismo y, como él decía, “Vamos a tirar p’alante, que estamos vivos de milagro.
